1988: Cuando el Virus Jerusalem detuvo el taller de cómputo

 •   •   •  efemerides, malware

El 15 de octubre de 1987 se detectó el Virus Jerusalem, uno de los primeros virus capaces de infectar archivos en computadoras personales. No era solo una curiosidad técnica: fue una advertencia temprana de lo que vendría en la era digital.

Era 1988. Vivía en Aguascalientes y cursaba la secundaria. En aquel entonces, tener un taller de computación era casi ciencia ficción. Las computadoras eran marca Printaform, funcionaban con MS-DOS y tenían monitores de fósforo verde. Encender una de ellas era todo un ritual.

Por cada computadora se asignaban tres estudiantes, y el salón se dividía en dos grupos: unos asistían un día y los otros al siguiente. En aquella época, mantener un taller de cómputo era un lujo, y pocas escuelas podían darse ese privilegio.

Cada diskette era un mundo

Diskette 5 1/4"

Diskette 5 1/4"

Primero metíamos el diskette de arranque de 5¼ pulgadas —ese cuadradito negro, flexible y un poco frágil— que llevaba los archivos esenciales del sistema. Si la suerte nos acompañaba, la pantalla se iluminaba con el clásico A:>, esa señal tan familiar de que MS-DOS ya estaba listo y esperando nuestras órdenes. Entonces venía el segundo paso: sacar con cuidado el diskette del programa que queríamos usar —a veces un procesador de texto básico, otras veces un jueguito educativo— y colocarlo en la unidad.

En aquellos días, muchos programas eran sorprendentemente ligeros: un editor de texto, o un jueguito sencillo cabían fácilmente en un solo diskette… ¡y a veces hasta varios juntos! Pero no todo era tan compacto. Programas como Lotus 1-2-3 —la hoja de cálculo que dominaba las oficinas— requerían hasta tres diskettes solo para arrancar. No existía eso de “instalar y olvidar”: cada vez que querías usar algo, tenías que meter su diskette, y si el programa era grande, te pasabas el rato cambiando discos como si fuera un ritual.

No había una carpeta con todo listo. Si querías escribir, sacabas el diskette del procesador de textos; si querías jugar, otro distinto. Por eso, cada diskette se guardaba como un tesoro: primero en su funda de papel, luego en la cajita de cartón donde venía de fábrica. Los más ordenados especialmente en oficinas o ejecutivos con escritorios impecables los acomodaban en estuches de plástico con divisiones, casi como si fueran joyas o fichas de colección.

Para los estudiantes, eso era un lujo inalcanzable. Muchos los apilábamos en sobres rotulados, cajitas de zapatos o incluso entre las páginas de un libro grueso, rezando para que no se doblaran, no se rayaran… y, sobre todo, para que la computadora los leyera a la primera.

El día que llegó el Virus Jerusalem

Fue en esa época cuando llegó el Virus Jerusalem, uno de los primeros virus realmente dañinos que se propagaron en computadoras personales. A diferencia de los anteriores que solo causaban molestias, Jerusalem infectaba archivos ejecutables (.EXE y .COM), haciendo que los programas se volvieran más pesados y, con el tiempo, dejaran de funcionar.

Más adelante apareció su variante, Jerusalem.B, conocida popularmente como “Viernes 13”. Esta versión se activaba precisamente en esa fecha del calendario y, además de infectar los archivos .EXE y .COM, eliminaba los programas que el usuario ejecutaba desde su diskette, así que te podías despedir de ellos.

En mi escuela lo vivimos de primera mano. Un día, al intentar iniciar las computadoras, el sistema simplemente no respondía. Los diskettes estaban “muertos”. Durante semanas, el taller de cómputo quedó inactivo mientras los técnicos sin antivirus, sin internet y con más paciencia que herramientas trataban de recuperar los equipos.

Una lección que sigue vigente

Aquel virus, nacido probablemente como una broma universitaria en Jerusalén, mostró por primera vez el poder real del software destructivo. Nos enseñó que los virus no solo eran líneas de código: podían alterar rutinas, borrar trabajo y frenar el aprendizaje o la productividad de todo un entorno.

Recordar esos tiempos no es solo nostalgia. Es entender que cada avance en tecnología trae consigo nuevos riesgos —y que aprender del pasado sigue siendo clave para defendernos en el presente.

El Virus Jerusalem marcó un antes y un después. Para muchos de nosotros fue la primera vez que comprendimos, aunque no lo supiéramos entonces, que la seguridad informática sería parte esencial del futuro.